FTG SERIES: "ETERNO"

FTG SERIES: "ETERNO" PT.1

Cincuenta años antes de que Grave City fuera siquiera pensada como urbe,
cincuenta años antes de que la palabra decadencia tuviera forma, nombre y neón,
el mundo miraba hacia el sur con respeto y calma.

Allí se alzaba Alteria.

Una ciudad donde los bosques no eran talados, si no escuchados.
Donde el mármol blanco no imponía dominio, sino equilibrio.
Las raíces atravesaban patios sagrados, y las hojas caían sobre escalinatas pulidas sin que nadie las apartara.
La paz no era una utopía: era rutina.

Los alterianos vivían convencidos de que el tiempo estaba de su lado.

Esperaban, con paciencia casi religiosa, a las Tres Hermanas de la Profecía:
la de la Guerra,
el Oráculo,
y la Controladora de Almas.

Pero esa revelación aún estaba a medio siglo de distancia.
Demasiado lejos como para preocupar a nadie.
Demasiado cerca como para no dejar cicatrices invisibles.

El Rey sin herida

En aquel entonces, Alteria no conocía rey más grande que Savedusk.

No llevaba número.
No porque fuera el primero,
sino porque nadie imaginaba que algún día habría otro después de él.

Savedusk era llamado eterno no por decreto divino, sino por evidencia:
ningún alteriano había logrado herirlo jamás.

Ni en duelo ritual.
Ni en rebelión sofocada.
Ni siquiera en los entrenamientos donde los campeones probaban su temple contra el trono.

Hermoso de una forma que dolía mirar demasiado tiempo.
Humilde hasta el punto de incomodar a la nobleza.
Triste… como quien carga un conocimiento que no puede compartir.

En batalla era fiero, exacto, absoluto.
No luchaba con furia, sino con certeza.
Las armas fallaban como si el mundo mismo negara la posibilidad de su caída.

Los druidas decían que el bosque lo reconocía como guardián.
Los sabios murmuraban que la luz corregía el destino a su alrededor.
Los más antiguos aseguraban algo más inquietante:
que la muerte lo había intentado una vez… y había retrocedido.

Y aun así, Savedusk no sonreía.

Porque el rey eterno entendía algo que nadie más quería aceptar:
la paz prolongada no fortalece… adormece.

Mientras Alteria celebraba su armonía,
mientras los niños crecían sin conocer la guerra,
mientras los templos cantaban al equilibrio eterno,
el Rey observaba los márgenes del mundo.

Y en silencio, temía.

No por su vida.
No por su trono.

Sino por aquello que surgiría cuando una ciudad perfecta ya no supiera defender su alma.

Cincuenta años antes de Grave City,
la semilla aún no había brotado…
pero la tierra ya estaba marcada.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.2

El rey Savedusk no gobernaba solo.

Tuvo dos hijos, nacidos bajo un cielo sin presagios oscuros:
Gelyne, su hija mayor, de espíritu sereno y mirada reflexiva;
y Dusk, su hijo, noble y correcto, más inclinado al pensamiento que a la espada.

Dusk, a su vez, tuvo un hijo: Arlean.
Un niño educado en paz, rodeado de mármol blanco, cantos suaves y senderos sin peligro.

Muchos, muchísimos años después, Arlean sería recordado como el ancestro directo del linaje real que daría lugar a Savedusk Octavo, padre de Evangelyne, Dolla y Savandra, las tres hermanas de la leyenda.

Pero nada de eso importaba aún.

Savedusk observaba a su sangre…
y sentía una grieta que nadie más percibía.

Sus hijos no eran diestros en combate.
No por falta de entrenamiento, sino por ausencia de necesidad.
Sus golpes eran correctos, sus posturas elegantes, pero vacías de urgencia.

Ni siquiera Arlean —el nieto que debía encarnar el futuro— mostraba el fuego que había hecho invencible al Rey eterno.

No había rabia en ellos.
No había miedo.
No había desesperación.

Y un guerrero sin esas cosas
es solo un cuerpo con armas.

Entonces, Savedusk decidió partir.

No fue una gran expedición.
No anunció decretos ni ceremonias.
Dejó la corona en palacio y caminó su reino como un hombre más.

Atravesó Alteria de norte a sur.

Vio aldeas sin hambre.
Vio ciudades sin mendigos.
Vio templos donde nadie rezaba por supervivencia, solo por gratitud.

Nadie sufría.
Nadie moría antes de tiempo.
Nadie temía al mañana.

No había pobreza.
No había injusticia visible.
No había razón para luchar.

Y fue allí, entre campos fértiles y rostros tranquilos,
donde el Rey eterno comprendió la verdad que lo atormentaría para siempre:

Alteria era perfecta…
y por eso mismo, estaba indefensa.

Un reino sin dolor no genera fuerza.
Un pueblo sin muerte no comprende el valor de la vida.
Una ciudad sin caída no aprende a levantarse.

Savedusk, invicto en combate, sintió por primera vez algo cercano a la derrota.

No frente a un enemigo.
No frente a un dios.

Sino frente a la paz absoluta.

Y mientras regresaba a su trono, con pasos lentos y mirada baja,
el Rey eterno comenzó a preguntarse algo prohibido:

¿Qué ocurre cuando un mundo necesita sufrir… para sobrevivir?

Esa pregunta, aún sin respuesta,
comenzó a llamar a cosas que no pertenecían a Alteria.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.3

Durante décadas, Savedusk no fue solo un rey sentado en mármol blanco.
Caminó. savedusk20%

Caminó más que cualquier otro alteriano antes o después de él.

Atravesó los bosques vivos de Alteria, donde los árboles reaccionaban al pulso del corazón y los senderos cambiaban si percibían arrogancia. Allí aprendió a ajustar su respiración al ritmo del mundo, volviéndose imposible de sorprender. Los animales jamás lo atacaron; los depredadores bajaban la cabeza a su paso.

Cruzó gargantas donde el viento partía la roca. Sin cuerdas. Sin magia visible.
Su cuerpo se volvió exacto: cada músculo obedecía antes de que el pensamiento terminara de formarse.
Las caídas dejaron de ser caídas.
El cansancio dejó de existir.

En las ruinas antiguas, anteriores incluso a Alteria, tocó símbolos que nadie más podía tocar sin sangrar.
Allí desarrolló una habilidad que los sabios no supieron nombrar:
la negación del daño.
No era invulnerabilidad divina.
Era algo peor.
El mundo simplemente rechazaba la idea de herirlo.

También vio cosas que nadie más veía.

Pueblos tan prósperos que habían olvidado cómo defenderse.
Templos tan puros que no sabrían resistir una herejía.
Niños que jamás habían llorado de miedo.

Y entendió que su reino estaba fuerte…
solo mientras nada lo pusiera a prueba.

Quince años antes de que Grave City se alzara como urbe oficial,
un nombre comenzó a repetirse en todos los rincones donde el futuro se atrevía a levantar la voz:

Rey More.

No era un conquistador tradicional.
No hablaba de espadas ni de tronos heredados.
Hablaba de ideas.

De una ciudad nueva.
De una metrópolis del conocimiento.
De un lugar donde la libertad no estuviera limitada por tradición, sangre o dioses antiguos.
De una capital del avance tecnológico donde el pasado sería solo material de estudio.

More buscó a Savedusk en más de una ocasión.
No con amenazas.
No con ejércitos.

Con promesas.

Una alianza entre Alteria y la futura Grave City, decían sus emisarios,
garantizaría un mundo sin guerras inútiles.
Sin reyes eternos.
Sin estancamiento.

El progreso es inevitable —decían—.
Únete ahora, o quedarás atrás cuando el mundo cambie.

Pero Savedusk había recorrido demasiado su reino
como para dejarse seducir por palabras brillantes.

Había visto cuerpos perfectos sin alma de lucha.
Había visto paz tan absoluta que había borrado la identidad del sacrificio.
Había visto cómo un pueblo puede debilitarse sin darse cuenta…
precisamente porque todo parece ir bien.

En las palabras del Rey More no escuchó maldad.
Eso era lo más peligroso.

Escuchó convicción sin límites.

Y el Rey eterno sabía que una ciudad construida solo sobre libertad y conocimiento,
sin respeto por el equilibrio ni por la muerte,
no crea dioses…

Crea monstruos.

La negativa del Rey eterno

Savedusk rechazó la alianza.
No una vez.
Varias.

No levantó la voz.
No insultó la visión de More.

Simplemente habló desde la experiencia de quien ha sobrevivido a siglos sin ser herido:

El conocimiento sin límites no libera.
La libertad sin consecuencias no salva.
Y el progreso que niega el dolor… termina provocándolo.

El Rey More sonrió.

No una sonrisa cruel.
Una sonrisa segura.

La sonrisa de quien cree que el tiempo acabará dándole la razón.

Savedusk regresó a Alteria con una certeza definitiva:
Grave City nacería sin él.
Y cuando lo hiciera, el mundo cambiaría para siempre.

Aún no sabía cómo.
Aún no sabía a quién arrastraría consigo.

Pero algo —algo pequeño, silencioso y aún humano—
ya se estaba moviendo entre las grietas de la historia.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.4

A cientos de kilómetros al norte de Alteria,
algo comenzó a erguirse.

No nació como una ciudad.
Nació como una idea demasiado ruidosa para ignorarla.

Grave City empezó a levantar sus primeras estructuras, aún incompletas, aún toscas, pero ya peligrosamente activas.
Los bosques cercanos fueron los primeros en notarlo.

El agua dejó de saber igual.
Las raíces comenzaron a rechazar la tierra.
La energía… ya no fluía: interfería.

Luces artificiales, neones imposibles, pulsaban en la distancia como heridas abiertas en la noche.
No iluminaban.
Contaminaban.

Los druidas de Alteria lo sintieron antes que nadie.
La naturaleza no gritó.
Susurró.

Fue entonces cuando ocurrió algo que nadie supo explicar.

Palomas.

Un animal inexistente en Alteria.
Nunca venerado.
Nunca visto.
Nunca necesario.

Comenzaron a aparecer en los márgenes del reino.
Primero una.
Luego decenas.
Después, bandadas enteras.

Descansaban sobre el mármol blanco.
Bebían de fuentes sagradas.
Observaban.

Como si huyeran de algo.
O como si siguieran una llamada.

Savedusk fue el único que entendió que aquello no era migración.
Era desplazamiento forzado.

Mientras su reino seguía intacto en apariencia,
Savedusk no dejó de entrenar ni un solo día.

No por miedo.
Por claridad.

Su cuerpo, ya fuerte, se volvió perfecto.
No en volumen, sino en eficiencia.
Cada movimiento eliminaba lo innecesario.
Cada golpe era definitivo incluso antes de impactar.

Aprendió a ocultar su presencia:
a caminar sin alterar el aire,
a mirar sin ser recordado,
a existir sin dejar huella.

Un rey… aprendiendo a desaparecer.

Porque Savedusk comprendió algo esencial:
si Grave City era lo que temía,
no debía enfrentarse a ella como rey.

Entonces tomó la decisión que cambiaría el curso de todo.

No envió embajadores.
No declaró conflicto.
No consultó a su sangre.

Savedusk abandonó Alteria temporalmente.

Viajó solo.
Vestido como un hombre común.
Sin símbolos reales.
Sin escoltas.

Decidió dirigirse directamente hacia el origen de la corrupción.
Hacia la ciudad que prometía libertad, conocimiento y progreso sin límites.
Hacia el dominio del hombre que insistía en llamarse visionario:

Rey More.

No iba como enemigo.
No iba como aliado.

Iba como uno más.

Para mezclarse entre los cimientos.
Para escuchar lo que no se decía en los discursos.
Para entender qué estaba haciendo realmente More…
y qué precio estaba dispuesto a pagar el mundo por ello.

Detrás de él, Alteria seguía brillando.
Delante, Grave City ardía en neón.

Y entre ambos,
las palomas seguían volando.

La historia ya había elegido un camino.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.5

Entre las largas y vastas llanuras que separaban Alteria de Grave City,
cuando el mármol había quedado atrás y los neones aún no dominaban el horizonte,
Savedusk encontró aquello que ningún humano debería encontrar jamás.

Un Servur.

Dracónidos eternos.
Seres legendarios cuya existencia solo aparecía en cantos prohibidos y ruinas sin nombre.
Criaturas que no pertenecían al tiempo de los hombres.

El aire se volvió irrespirable.
La hierba se secó en segundos.
El cielo adquirió un tono cobrizo, como si ardiera desde dentro.

El Servur se acercó sin prisa, con arrogancia natural,
porque lo era todo…
y no necesitaba demostrarlo.

Era el Servur dueño del fuego.
El Dragón de Fuego.

Su presencia no atacaba el cuerpo.
Atacaba el alma.

Y aun así…
Savedusk no retrocedió.

El dragón, en su forma más humana posible —una silueta imponente de fuego contenido y tierra viva—
lo observó con algo cercano al respeto.

El calor de su aura no consiguió quebrar la voluntad del Rey eterno.
Ni doblar su espíritu.
Ni erosionar su esencia.

Entonces, el Servur alabó a Savedusk.

Sonrió.

Y se desvaneció.

Pero no se marchó del todo.

En su lugar dejó un clon de fuego y tierra, una extensión imperfecta de su poder,
una prueba.

En el eco del viento, la voz del dragón resonó como una sentencia:

Tú aún no eres…
ni serás.
No eres el Sueño del Trueno.

El clon atacó.

Savedusk no desenvainó espada alguna.
No cambió su postura.
No mostró esfuerzo.

Su mano derecha —la buena— estaba ocupada con el petate del viaje.
No la soltó.

Con la mano izquierda, unió dos dedos.

Nada más.

Y lanzó una ráfaga de aire.

No fue un vendaval.
No fue una explosión.

Fue un disparo.

Un tornado tan fino que se convirtió en hilo.
Un corte invisible comprimido hasta la perfección.

Atravesó al clon sin ruido alguno.
Sin llamaradas.
Sin estruendo.
Sin dejar rastro.

El ser de fuego y tierra simplemente…
dejó de existir.

El aire volvió a ser aire.
La llanura volvió a respirar.

Y Savedusk continuó su camino.

Solo.

Más allá de Alteria.
Más cerca de Grave City.

Con la certeza absoluta de que incluso los seres eternos
habían empezado a medirlo.

La ciudad de neón aún no se alzaba ante sus ojos,
pero el mundo ya sabía
que el Rey eterno había cruzado un punto sin retorno.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.6

Cuando Savedusk llegó a Grave City,
no lo hizo como rey.

No llevaba corona.
No llevaba estandartes.
No llevaba el mármol de Alteria sobre los hombros.

Era solo un hombre más entre el ruido, el vapor y los neones.

Pero Rey More lo reconoció al instante.

Porque hay presencias que no necesitan nombre.

More no salió a recibirlo con respeto.
Ni con diplomacia.

Lo hizo con espectáculo.

Mandó a traerlo ante sí, no al palacio —aún incompleto—,
sino a una plataforma elevada, rodeada de luces artificiales,
donde los ciudadanos pudieran ver bien.

Así que este es el Rey eterno de Alteria —dijo More, con una sonrisa que no ocultaba nada—.
Sin corona, sin guardia, sin reino.

No lo llamó aliado.
No lo llamó invitado.

Lo rebajó.

Le dijo que Grave City no necesitaba reyes antiguos.
Que allí el valor no se heredaba: se demostraba.

Y entonces dictó la prueba.

Si Savedusk quería formar parte de la ciudad,
si quería siquiera existir dentro de ella,
debía hacerlo como todos los demás.

Esa misma noche.

Cuando el sol muriera
y solo quedaran los neones encendidos.

Bajo el puente de la zona pobre.
En la jaula.

Un espacio de metal oxidado, cables colgantes y suelo húmedo,
donde se resolvían disputas que no debían llegar a la superficie.

Allí lo esperarían quince hombres.

No soldados comunes.
No mercenarios sin nombre.

Quince comandantes.
Quince héroes de guerra de Grave City.
Veteranos curtidos en conquistas, rebeliones y exterminios.

Cada uno famoso.
Cada uno letal.
Cada uno convencido de que esa noche haría historia.

Savedusk debía enfrentarlos desarmado.

Sin espada.
Sin armadura.
Sin magia visible.

Solo su cuerpo.

No era una prueba de ingreso.
Era una ejecución pública disfrazada de rito.

More no buscaba medirlo.
Buscaba romper el mito.

Que la ciudad viera caer al Rey eterno.
Que Alteria entendiera su lugar.
Que nadie volviera a hablar de invulnerabilidad.

Y si, por alguna imposibilidad absurda,
Savedusk sobrevivía…

Entonces Grave City lo habría domado.

More sonrió de nuevo al anunciarlo.

Porque estaba seguro de algo:

Ningún hombre, por eterno que se creyera,
podía sobrevivir a quince héroes de guerra
en una jaula
cuando los neones son lo único que ilumina la sangre.

Savedusk no respondió.
No se defendió con palabras.
No pidió condiciones.

Solo inclinó levemente la cabeza
y aceptó.

Esa noche,
Grave City aprendería algo.

No sobre Alteria.
No sobre reyes.

Sino sobre lo que ocurre
cuando intentas humillar
a alguien
que no puede ser herido.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.7

Bajo el puente de la zona pobre de Grave City,
la jaula vibraba con electricidad residual y gritos.
Cables colgaban como venas abiertas.
El suelo estaba húmedo, manchado de óxido y sangre vieja.

Cuando Savedusk entró, desarmado,
quince siluetas lo esperaban.

Cuerpos modificados.
Músculos reforzados con implantes.
Ojos artificiales que calculaban trayectorias.
Huesos sustituidos por aleaciones ligeras.

No eran hombres.
Eran armas de guerra.

El Rey More observaba desde lo alto.
Seguro.
Satisfecho.

La jaula se cerró.

Y el primer comandante avanzó.

Primero

Alto, desproporcionado, brazos mecánicos con pistones visibles.
Un golpe suyo podía partir una pared.

Atacó de frente.

Savedusk dio un paso lateral.
Solo uno.

El puño pasó donde él había estado.
Con dos dedos, presionó el cuello en un punto exacto.
No fuerza.
Precisión.

El cuerpo cayó como si alguien hubiera apagado un interruptor.

Silencio breve.
Risas nerviosas.

Segundo

Bajo, ancho, piernas reforzadas con muelles hidráulicos.
Se movía rápido, demasiado.

Saltó.

Savedusk no retrocedió.
Giró el torso, colocó el antebrazo, redirigió la energía.
El impacto fue contra el suelo.

Una rodilla rota.
Un grito.

Fuera.

Tercero

Piel oscura cubierta de placas subdérmicas.
Electrodos brillando bajo la carne.

Descargó electricidad al contacto.

Savedusk no tocó su piel.
Golpeó el codo desde dentro, donde no había metal.
Luego el hombro.
Luego la mandíbula.

Tres movimientos.
El cuerpo cayó convulsionando.

Cuarto

Delgado, casi elegante.
Cuchillas retráctiles en antebrazos.

Danzó.
Cortó el aire.

Savedusk esperó.
Cuando la distancia fue mínima, dio un paso adelante —no atrás—
y golpeó el esternón con la palma abierta.

El implante torácico colapsó.
El hombre cayó sin aire.

Quinto

Gigante.
Cuello grueso, cráneo reforzado.
Sonreía.

Cargó.

Savedusk se dejó empujar.
Aprovechó el peso.
Usó la jaula.

Un giro, un impacto contra los barrotes.
La cabeza no estaba diseñada para resistir eso.

Sexto

Cuatro ojos artificiales.
Visión predictiva.

Atacó anticipando cada movimiento.

Savedusk rompió el ritmo.
Hizo algo ilógico.
Algo imperfecto.

Un tropiezo falso.
Un giro corto.
Un golpe desde un ángulo que ningún cálculo esperaba.

Sistema visual apagado.

Séptimo

Espalda abierta, cables expuestos.
Un especialista en agarres.

Lo atrapó.

Savedusk exhaló.

Relajó el cuerpo.
Cayó con él.
Usó el suelo.

El agarre se convirtió en una trampa.
Un tirón seco.
Un brazo inutilizado.

Octavo

Implantes auditivos extremos.
Percibía vibraciones.

Gritó para desorientar.

Savedusk no escuchó.
Cerró los ojos.

Avanzó guiado por el aire.
Un golpe limpio al cuello.

Silencio absoluto.

Noveno

Rápido.
Demasiado rápido.

Atacó en ráfagas.

Savedusk esperó el cansancio.
Dos segundos.
Tres.

Cuando el ritmo cayó,
un barrido simple.

Rodilla destrozada.

Décimo

Cuerpo lleno de cicatrices.
Veterano real.

No atacó enseguida.
Midió.

Savedusk inclinó la cabeza.
Reconocimiento.

Cuando chocaron, fue breve.
Un intercambio mínimo.

Savedusk tocó la sien.
Exacto.

El hombre cayó sonriendo.

Undécimo

Implantes químicos.
Fuerza artificial descontrolada.

Golpes salvajes.

Savedusk no bloqueó.
Desvió.

El enemigo se golpeó a sí mismo.
Una y otra vez.

Hasta caer.

Duodécimo

Especialista en presión interna.
Ataques a órganos.

Savedusk no protegió.
Endureció.

Un golpe al hígado.
Otro al corazón.

Nada.

Savedusk respondió con un toque en la clavícula.
El cuerpo colapsó.

Decimotercero

Silencioso.
Pequeño.
Letal.

Atacó desde atrás.

Savedusk ya no estaba allí.

Un codazo.
Un giro.
Un golpe descendente.

Fin.

Trece cuerpos

La jaula estaba llena de respiraciones rotas.
De metal roto.
De sangre.

Trece comandantes.
Trece héroes de guerra.

Derrotados uno a uno.
Sin armas.
Sin magia.
Sin esfuerzo visible.

Savedusk seguía en pie.
Respirando igual que al principio.

Arriba, el Rey More ya no sonreía.

Quedaban dos.

Y Grave City
había dejado de gritar.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.8

La jaula volvió a cerrarse.

El silencio ya no era expectación.
Era respeto.

El decimocuarto combatiente avanzó con calma.
Joven. Delgado. Impecable.
Ropa oscura, ligera, sin implantes visibles… aunque todos sabían que no los necesitaba.

Era un Marriot.
De la casa Marriot, una de las más antiguas y temidas de Grave City.
Espadachines puros.
Maestros del duelo.
Algunos decían que eran lo más cercano a artistas de la muerte que existía en el mundo.

Este no sonreía.
No subestimaba.

Cuando sus miradas se cruzaron, Savedusk entendió algo de inmediato:
este no caería como los otros.

El Marriot atacó.

No con fuerza.
Con intención.

Cada estocada buscaba medir, no matar.
Cada paso cortaba el espacio exacto.

Savedusk respondió por primera vez con algo más que el cuerpo.

Abrió las palmas.
Y disparó.

Ráfagas de aire comprimido salieron como proyectiles invisibles, cortando el suelo, las rejas, el aire mismo.

El Marriot las esquivó.

Una.
Dos.
Tres veces.

Se movía como si supiera dónde estaría el ataque antes de que existiera.
En algunos instantes, parecía superior.
Obligó a Savedusk a retroceder.
A girar.
A ajustar.

La multitud contuvo el aliento.

Y entonces ocurrió algo imposible.

Desde el público, una figura encapuchada dio un paso al frente.
Solo se vio un largo cabello rubio y una sonrisa carismática, burlona.

Dos estoques volaron.

Cayeron dentro de la jaula.

Cuando alguien intentó señalarlo…
el encapuchado ya no estaba.

Como si el tiempo lo hubiera borrado.

Savedusk tomó uno de los estoques.
El Marriot, el otro.

Se miraron.

Y sonrieron.

Ambos adoptaron una postura perfecta.
Majestuosa.
Pura.

No eran hombres luchando.
Eran maestros dialogando con el acero.

El combate cambió.

Ya no era violencia.
Era un baile de lirios.

Avanzaban.
Giraban.
Se cruzaban sin tocarse.

Las hojas silbaban en el aire sin sangre.
Cada movimiento era una promesa que se negaba a cumplirse.

Hasta que el Marriot decidió terminarlo.

Usó la finta más famosa de su casa.

Se deslizó por debajo del brazo de Savedusk,
giró como si fuera aire,
y colocó el estoque en la nuca del Rey eterno.

Victoria perfecta.

Durante un latido.

Savedusk suspiró.

Sonrió.

Inhaló despacio.

Golpeó el suelo con el talón derecho.

Y el aire respondió.

La presión invisible explotó desde su cuerpo en todas direcciones.
No fue un ataque.
Fue una expulsión del mundo.

El Marriot perdió el equilibrio.
Cayó.

En un instante, Savedusk pisó su pecho,
colocó la punta del estoque en su nuez.

No atravesó.

No mató.

Silencio.

Respeto

Savedusk retiró el arma.

El Marriot rió suavemente.
Savedusk también.

Dos guerreros.
Dos maestros.
Vivos.

En esa jaula, entre neones y óxido,
no nació una rivalidad.

Nació algo mucho más raro.

Respeto.
Quizá…
una amistad entre los dos hombres más hábiles que Grave City había visto jamás.

Arriba, el Rey More apretó los dientes.

Solo quedaba uno.

Y ya no tenía el control de la noche.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.9

El último combate no fue anunciado como combate.

A una orden seca de Rey More,
arrojaron a la jaula una caja.

Ébano negro.
Metales impuros.
Sellos grabados con símbolos que no pertenecían a ningún credo conocido.

La caja golpeó el suelo.
La puerta se soltó.

Y de su interior cayó algo que una vez había sido alteriano.

Hueco.

Sus ojos no eran ojos:
eran almas violetas, vibrando, intentando escapar de un cuerpo que ya no las merecía.
No tenía cabello blanco ni rasgos armónicos.
Donde debería haber vida, solo había bobinas, injertos, cicatrices abiertas.

Truenos recorrían su piel, dejando marcas negras como quemaduras eternas.

El Rey More reía.

El primer Cyber —lo llamó—.
El que protegerá Grave City de la impureza.
El primer Graver Puro.

La multitud gritó.
No de emoción.
De horror.

Savedusk levantó el estoque.

No habló.

Ejecutó una finta interminable dentro de una fracción de segundo.
Cortó el aire.
Cortó el espacio.

La presión invisible atravesó los laterales de la jaula, rajando el metal por donde pasó.
El ataque debía atravesar al monstruo.

Pero no lo hizo.

El cuerpo del Cyber derritió el acero.
La electricidad de su carne fundió el estoque como si fuera cera.

El arma cayó al suelo, inútil.

La jaula tembló.
La gente gritaba, desesperada.

Aquello no era un guerrero.
No era un rival.

Era una aberración.

Desde las gradas, el joven Marriot lo entendió todo.

No era una prueba.
Era una ejecución.

Querían asesinar a Savedusk fuera de un combate justo.

Se levantó.

Tomó de su asiento la espada de su casa:
Katherine.

Hoja violeta.
Piedras preciosas del mismo color incrustadas en el mango.
Un arma que solo se empuñaba cuando la historia lo exigía.

Antes de saltar, una mano lo detuvo.

Una joven hermosa lo sujetó del brazo.

Sheanvié, no lo hagas —susurró—.
Te van a matar.
Tu casa no puede tener más problemas con la realeza.

Sheanvié sonrió.

La miró con calma.

Tranquila —dijo—.
Nadie vuela más fuerte que yo… si uso a Katherine.

Y saltó.

Mientras caía hacia la jaula, la joven sonrió entre lágrimas y gritó con toda su voz:

—¡Ay, Marriot Devereaux…
Grave City dejará de existir por vosotros!

El neón parpadeó.

El monstruo levantó la cabeza.

Savedusk giró lentamente.

Y por primera vez en toda la noche,
el Rey More
dejó de reír.
 

Al sujetar a la espada Katherine,
Sheanvié dejó de ser elegante.

Su postura se volvió salvaje.
Baja. Abierta. Viva.

La espada violeta parecía aligerar su cuerpo, no pesarlo.
Brincó.

No saltó: voló.

Cada impulso era un baile heredado por generaciones.
Cada giro, una herida.
Cada corte, una negación.

El Cyber respondió con violencia pura.
Rayos explotaban desde su torso,
golpes que partían el suelo,
descargas que hubieran reducido a cenizas a cualquier otro.

Sheanvié cayó una vez.
Rodó, chamuscado.
Se levantó riendo.

Savedusk avanzó entonces…
y entendió.

No eran los golpes contundentes lo que dañaba a esa cosa.
La masa no importaba.
La fuerza bruta era inútil.

El Cyber se regeneraba.

Pero los cortes rápidos…
los precisos…
los que no daban tiempo a que el cuerpo reaccionara…

Esos sí.

Savedusk se movió de nuevo, ahora distinto.
No buscaba derribar.
Buscaba abrir.

Palmas extendidas, disparos de aire finísimos, casi imperceptibles.
No empujaban.
Cortaban.

Sheanvié entraba en esos cortes como si el aire fuera una invitación.
Katherine danzaba.
La jaula se llenó de destellos violetas y cicatrices negras.

Pero el Cyber aprendía.

Un rayo alcanzó a Savedusk.
Su cuerpo se estampó contra los barrotes.

Sheanvié fue atrapado por el cuello.
Levantado.
La electricidad recorrió su pecho.

Por un instante…
iban a morir.

Savedusk se incorporó a tiempo.
Un disparo de aire al punto exacto del hombro.
El agarre falló.

Sheanvié cayó, rodó, se impulsó.
Volvió a entrar.

Una y otra vez.

El monstruo explotaba…
y se recomponía.

Hasta que, tras incontables intentos,
lo hicieron a la vez.

Sheanvié atravesó con Katherine desde el costado,
un corte continuo, sin pausa.

Savedusk comprimió el aire frente al pecho del Cyber
y lo liberó hacia dentro.

El cuerpo no pudo decidir qué regenerar primero.

La energía se volvió inestable.

El Cyber estalló.

Luz violeta.
Trueno.
Silencio.

Los restos cayeron humeantes.

La jaula quedó quieta.

Sheanvié y Savedusk se miraron.
Cubiertos de heridas.
Vivos.

Rieron.

Se dieron la mano, firmes, honestos,
como solo lo hacen quienes han compartido la muerte.

Y alzaron la vista.

Hacia Rey More.

El rey del neón no aplaudió.
No sonrió.

Había perdido algo esa noche.

No un combate.
No un arma.

Había perdido el control.

Y en algún lugar, entre las sombras,
las palomas levantaron el vuelo.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.10

Savedusk comenzó a vivir en la zona de los Marriot como si hubiera cruzado a otro mundo dentro de Grave City.

Había lujo, sí.
Salones amplios, telas finas, armas bellamente forjadas colgadas como arte.
Pero no había soberbia.

Los Marriot eran nobles humanos.
Comían con sus sirvientes.
Escuchaban antes de ordenar.
La risa era común, y el silencio solo se imponía cuando hacía falta.

Savedusk, acostumbrado al mármol sereno de Alteria y al neón corrupto de la ciudad, encontró allí algo inesperado:
hogar.

Sheanvié asumió su rol como joven líder con naturalidad.
No gritaba.
No imponía miedo.
Cuidaba.

A veces, por las noches, ambos se sentaban en los balcones altos, viendo el vapor subir desde los distritos bajos.

—Grave City está enferma —murmuró Savedusk una vez—. Pero no es incurable.
Sheanvié sonrió, apoyando los codos en la barandilla.
—Todo lo que nace roto puede romperse mejor… o rehacerse —respondió—. Depende de quién lo eduque.

Hubo silencios largos, cómodos.
Como los de dos hombres que no necesitan demostrarse nada.

En otra ocasión, tras un entrenamiento duro, Sheanvié lanzó una risa cansada.
—Nunca pensé que confiaría mi sangre a otro hombre.
Savedusk lo miró de reojo.
—Yo nunca pensé que volvería a enseñar sin que fuera por necesidad.
—¿Te arrepientes?
—No —dijo Savedusk—. Por primera vez, no.

El niño crecía rápido.

Granvié apenas caminaba cuando ya imitaba posturas.
Apenas hablaba cuando ya entendía distancias.
Sus reflejos no eran normales.
Su mirada… era peligrosa.

Savedusk lo entrenaba con paciencia absoluta.
Nunca levantó la voz.
Nunca castigó con ira.

—Respira —le decía, arrodillándose frente a él—. Antes del golpe, siempre respira.
El niño asentía muy serio.

—¡Tío Save! ¡Mira esto! —gritaba Granvié al acertar un movimiento perfecto.

Sheanvié fruncía el ceño de inmediato.
—Granvié.
El niño se giraba.
—¿Sí, papá?
—No es Tío Save.
—…
—Es Maestro.

El pequeño dudaba.
Miraba a Savedusk.
Savedusk sonreía con una calma casi triste.

—Está bien —decía—. Maestro.

Pero cuando nadie miraba, Granvié se acercaba y susurraba:
—Gracias, Tío Save.

Savedusk nunca lo corrigió.

Una noche, tras ver al niño ejecutar una secuencia impecable, Sheanvié habló en voz baja:

—Será letal.
—Sí —respondió Savedusk—.
—¿Te preocupa?
Savedusk negó despacio.
—Me preocuparía que no lo fuera. El mundo no perdona a los débiles… pero tampoco a los vacíos.
Sheanvié apretó los dientes.
—Por eso estás aquí.

Se miraron.
No como rey y noble.
No como maestro y padre.

Como hermanos que habían elegido luchar por algo que aún no existía.

Y mientras Grave City seguía pudriéndose en capas más profundas,
en una casa noble y humilde a la vez,
se estaba forjando un linaje distinto.

Uno que no adoraba el poder.
Uno que lo domaba.

Y muy lejos de allí, sin que ninguno lo supiera aún,
las palomas seguían observando.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.11

Las sombras nunca dejaron solos a los Marriot.

Los espías de Rey More observaban cada movimiento, cada postura, cada respiración del pequeño Granvié durante su entrenamiento.
Informes constantes.
Susurros.
Miedo.

Y quien más temía… era Yxil.

Yxil veía en los Marriot algo que no podía controlar:
disciplina sin corrupción,
fuerza sin deformación,
pureza sin ingenuidad.

Así que aconsejaba al Rey More con voz suave y palabras venenosas.

Si los Marriot siguen creciendo… Grave City no será suficiente.

Las catacumbas del palacio

Bajo el palacio, mucho más allá de las salas de consejo y los suelos pulidos,
Yxil seguía trabajando.

Las catacumbas no eran un lugar.
Eran un crimen continuo.

Allí nacían los Cybers.

Cada vez más temibles.
Cada vez menos humanos.

Yxil experimentaba con todo lo que respiraba…
y con lo que ya no debía hacerlo.

Niños.
Mujeres.
Animales.

Mezclaba almas como si fueran ingredientes.
Forzaba cuerpos hasta que la carne olvidaba su forma original.
Creaba vida sin propósito… solo para probar que podía hacerlo.

Lo más ruin de la humanidad
salía de aquellas mesas de piedra.

Cuando Granvié tenía apenas ocho años, ocurrió algo que nadie previó.

Durante uno de sus entrenamientos nocturnos, notó algo distinto:
las palomas.

Siempre estaban allí.
Observando.

No molestaban.
No huían.

Esa noche, cuando el entrenamiento terminó,
Granvié las siguió.

No como un niño curioso.
Como una sombra.

Sus pasos no hacían ruido.
Su respiración no delataba presencia.
Savedusk lo había entrenado bien… demasiado bien.

Las palomas volaron hacia el palacio.
No entraron.

Giraron.

Y descendieron por las alcantarillas que rodeaban la parte trasera.

Granvié las siguió.

Cuanto más bajaba,
más se deformaba el mundo.

Gritos apagados por el agua.
Sangre mezclada con óxido.
Vómitos secos adheridos a las paredes.
Veneno filtrándose como sudor de la ciudad.

Cosas que ningún niño debería ver.

Pero Granvié no retrocedió.

Las palomas avanzaban como si conocieran el camino.

Y al final…
en el fondo de las alcantarillas…

Lo vio.

En una sala circular, iluminada por pulsos irregulares,
había una esfera de cristal.

Dentro, flotando en un líquido azulado,
con tubos conectados a cada parte de su cuerpo…

dormía el experimento humano.

El niño elegido.

Un cuerpo pálido, casi esquelético.
La piel marcada por grietas negras.
La electricidad recorría su interior como si fuera sangre.

No tenía expresión de dolor.
Ni de paz.

Solo silencio.

Granvié sintió algo que nunca había sentido entrenando:
no miedo…
sino pena.

Aquel ser no había elegido nacer así.

Y sin saberlo,
el heredero Marriot estaba mirando por primera vez a

Cyber KDA.

El niño esqueleto eléctrico.

La creación definitiva de Grave City.

Las palomas se posaron alrededor del cristal.
Observaban.

El mundo acababa de unir dos destinos
que nunca debieron encontrarse.

Y esa noche, en las alcantarillas,
la historia cruzó un punto sin retorno.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.12

La esfera respondió al golpe con un eco hueco, profundo,
como si no fuera cristal…
sino un ataúd que respiraba.

Granvié dio un paso atrás, sorprendido por su propio impulso.
El niño Marriot no era impulsivo.
Nunca lo había sido.

Y entonces…
los ojos dentro de la cúpula se abrieron.

No eran ojos humanos.
Eran focos violetas, inestables,
almas comprimidas mirando desde un cráneo que no debía moverse.

Cyber KDA lo observó fijamente.

No parpadeó.
No se movió.

Y aun así, tocó.

Granvié sintió el contacto dentro.

No fue dolor físico.
Fue algo mucho peor.

Su entrenamiento.
Las posturas aprendidas con Savedusk.
La respiración exacta antes del golpe.
El cálculo de distancias.
La intención de matar sin dudar.

Todo eso…
se duplicó.

Como si alguien estuviera copiando su alma con manos torpes pero desesperadas.

Granvié cayó de rodillas.

Le ardía el pecho.
No porque lo estuvieran atacando…
sino porque lo estaban aprendiendo.

Sintió miedo.
Un miedo nuevo.
No a morir.

Sino a que aquel niño —aquel esqueleto—
nunca hubiera tenido la oportunidad de elegir.

Y sintió pena.

Una pena tan profunda que casi lo rompió.

Con la respiración temblando, Granvié se levantó.
Avanzó despacio.
Como si temiera asustarlo.

Apoyó toda la palma de su mano sobre el cristal.

El frío le recorrió el brazo.

Dentro de la esfera, Cyber KDA levantó la suya.

Huesos finos.
Gasas sucias.
Electricidad reptando como venas vivas.

La colocó exactamente en el mismo punto.

Cristal entre ambos.

Silencio absoluto.

No había palabras.
No había lenguaje.

Solo dos niños…
mirándose.

Uno criado para ser arma.
Otro creado para ser monstruo.

Y en ese instante suspendido,
sin saberlo,
Granvié Marriot cometió el acto más peligroso de todos:

reconoció al otro como igual.

La ciudad entera podía pudrirse.
Los reyes podían mentir.
Los alquimistas podían seguir destrozando cuerpos.

Pero ya era tarde.

Porque cuando dos almas se tocan así,
aunque sea a través de cristal,
aunque sea en la oscuridad de unas alcantarillas…

el destino
ya no puede desatarse.

Las palomas, arriba, alzaron el vuelo al mismo tiempo.

Y Granvié lo sintió...

La advertencia no sonó.
Vibró.

No fue una voz externa.
Fue un pulso directo en su mente, frío y urgente.

Huye…
Escucho su corazón acercarse…

Granvié se quedó inmóvil.

No necesitó preguntar quién hablaba.
Lo sabía.

Cyber KDA no gritaba.
No suplicaba.
Avisaba.

El niño Marriot se giró lentamente.

A pocos metros, emergiendo de la penumbra de las alcantarillas, apareció Yxil.

Vendajes por todo el cuerpo.
Traje impecable.
Sonrisa torcida, enferma, satisfecha.

Sus ojos no miraban a Granvié como a un niño.
Lo miraban como a un error que aún respiraba.

—Tu casa y tú estáis en problemas… pequeño noble asqueroso —dijo, con voz suave, casi cariñosa.

Yxil levantó ambas manos.
La energía comenzó a concentrarse entre sus dedos, espesa, impura, antinatural.
Las paredes sudaron veneno.
El aire se volvió pesado.

Granvié no retrocedió.

Miró una última vez a la esfera de cristal.
A los ojos violetas que lo observaban desde dentro.

—Esperemos que salga a la primera… —susurró.

No era una plegaria.
Era un cálculo.

Entonces se movió.

Como si fuera un baile aprendido antes de nacer.

Las dagas aparecieron en sus manos sin ruido.
Su cuerpo giró, bajo, fluido, perfecto.

La finta más famosa de la Casa Marriot.

Un paso falso hacia la izquierda.
Un quiebre imposible de cadera.
El cuerpo se volvió aire.

La destreza no era la de un niño.

Era la de su padre.
Era la de Sheanvié.
Era letal.

Yxil lanzó la energía…
pero golpeó vacío.

Granvié ya no estaba allí.

La primera daga cortó el flujo.
La segunda buscó el punto exacto donde el cuerpo humano olvida protegerse.

El combate había empezado.

Y por primera vez en toda Grave City,
el Consejero de Alquimia comprendió algo demasiado tarde:

no había bajado a cazar a un niño.

Había entrado en la sombra
de un linaje
que no perdona.

Pero como había empezado…
el combate acabó.

No hubo un vencedor claro.
No hubo testigos.

Solo humo.
Sombras desgarradas por movimientos imposibles.
El eco de algo que no debía haber ocurrido.

Cuando el aire volvió a asentarse,
la sala ya no era la misma.

La esfera de cristal estaba agrietada, atravesada por finas líneas como venas rotas.
Dentro, Cyber KDA yacía inconsciente, flotando sin resistencia.
La electricidad apenas chisporroteaba.
Su cuerpo había sobrevivido…
pero algo en él había cambiado.

A unos metros, entre charcos oscuros y símbolos rotos,
Yxil estaba de rodillas.

Sin brazos.

Las vendas colgaban empapadas.
La carne terminaba en cortes limpios, quirúrgicos, imposibles para un niño común.

Yxil reía.

No de dolor.
No de derrota.

Reía como ríen los locos cuando entienden demasiado tarde.

—Ja… ja… ja… —balbuceaba—.
—Así que… así que era verdad…

La sangre le bajaba por el pecho mientras su risa se mezclaba con tos.

No intentó levantarse.
No podía.

Granvié no miró atrás.

Granvié corría.

Corría como nunca antes.
La ropa violeta empapada de sangre que no toda era suya.
Las dagas aún calientes contra los muslos.
El pecho ardiendo, no por el esfuerzo…
sino por el peso de lo que había visto.

Subió por túneles.
Atravesó sombras.
Ignoró gritos lejanos.

Cada paso lo llevaba más cerca de casa.
De la Casa Marriot.
De Sheanvié.
De Savedusk.

Detrás de él, en las profundidades de Grave City,
quedaban dos verdades imposibles de borrar:

Un monstruo había sido mutilado…
y un niño había aprendido
que incluso la pureza
tiene que mancharse de sangre para sobrevivir.

Muy lejos,
las palomas levantaron el vuelo al mismo tiempo.

Y la ciudad, sin saberlo aún,
acababa de perder el control
de algo que había creado
con demasiada crueldad
y muy poco amor.

FTG SERIES: "ETERNO" PT.13

En los tejados altos de Grave City, lejos del ruido del distrito pobre y lo bastante arriba como para que el neón pareciera inofensivo,
Sheanvié y Savedusk compartían una noche tranquila.

Cada uno tenía una botella de Nuctualiza en la mano.

Una bebida afrutada, cosechada en las afueras por campesinos a los que los nobles llamaban paletos con cariño mal disimulado.
No aportaba fuerza.
No aclaraba la mente.
No sanaba heridas.

Era más dulce que una manzanilla…
y más adictiva que el café.

Sheanvié dio un trago largo y suspiró exageradamente.

—No entiendo cómo algo tan inútil puede gustarme tanto.

Savedusk olfateó la suya con seriedad absoluta.

—Porque no sirve para nada —dijo—. Esa es su función perfecta.

Sheanvié soltó una carcajada.

—Tú siempre tan profundo. Bebes como si estuvieras meditando.
—Estoy meditando —respondió Savedusk sin mirarlo—. Sobre por qué sigo aquí bebiendo zumo con un noble que se cree divertido.

Se cree, dice —Sheanvié alzó la botella—. Vamos, admítelo. Sin mí ya te habrías aburrido y te habrías ido a entrenar al niño a medianoche.

Savedusk dio un sorbo lento.

—Granvié duerme.
—Eso crees tú.
—Eso espero yo.

Ambos rieron.

El viento movía suavemente las capas.
Desde allí arriba, la ciudad parecía casi… soportable.

—¿Sabes? —dijo Sheanvié, apoyándose hacia atrás—. A veces pienso que lo estamos haciendo bien.
—Eso es peligroso —respondió Savedusk—. Cuando uno cree que lo está haciendo bien, el mundo suele recordarle que no.

—Siempre tan optimista.
—Siempre tan vivo.

Sheanvié lo miró de reojo.

—Oye, viejo…
—No soy viejo.
—Eres clásico.
—Eso es peor.

Rieron otra vez.

—Gracias —dijo Sheanvié de pronto, sin tono solemne—. Por quedarte. Por el crío. Por todo.

Savedusk no respondió de inmediato.
Miró la botella, ya casi vacía.

—No me des las gracias aún —dijo al final—. Granvié va a ser… complicado.
—Es un Marriot —sonrió Sheanvié—. Lo raro habría sido que no lo fuera.

Chocaron las botellas.

En ese mismo instante, muy lejos de allí,
Granvié corría cubierto de sangre por los túneles de la ciudad.

Pero en los tejados,
entre bromas, bebida inútil y risas honestas,
dos hombres seguían creyendo —aunque fuera por una noche más—
que habían conseguido proteger lo que amaban.

Las risas se apagaron de golpe.

Desde el borde del tejado, Sheanvié fue el primero en verlo.
Su sonrisa desapareció sin transición.

—…Save.

Savedusk ya estaba de pie.

Abajo, entre calles de mármol oscuro y faroles nobles,
Granvié corría.

Cubierto de sangre.
Respirando mal.
Los ojos abiertos de par en par.

Detrás de él, soldados de la zona noble avanzaban a la carrera.
Armaduras limpias.
Insignias reales.

Algo había pasado.

Granvié había olvidado ocultarse.
El miedo.
La desesperación.
Y los gritos de Yxil desde las alcantarillas habían hecho el resto.

Lo habían visto.

—Mierda… —susurró Sheanvié.

Un comandante dio un salto brutal, cayendo justo delante del niño, cerrándole el paso.

No llegó a tocarlo.

Desde lo alto, Savedusk se lanzó.

El mundo se ralentizó.

En mitad de la caída, levantó un solo dedo.

Apuntó.

El disparo de aire atravesó al comandante como si no existiera.
La presión reventó el suelo, levantó piedra y polvo,
y el cuerpo salió despedido, inerte, sin un solo grito.

Savedusk cayó frente a Granvié.

De pie.
Recto.
Imposible de mover.

El viento giró a su alrededor como un aviso.

Los soldados frenaron en seco.

—¿Qué ocurre, soldados? —preguntó Savedusk con calma absoluta.

Uno de ellos dio un paso al frente, tragando saliva.

—Granvié Marriot —anunció—, queda usted detenido y sentenciado a pena de muerte

Hubo un segundo de silencio.

—por orden de Rey More
—y del consejero Yxil.

El silencio que siguió fue absoluto.

El viento alrededor de Savedusk dejó de moverse…
como si incluso el aire estuviera escuchando.

Sheanvié soltó una risa corta desde el tejado.

—Claro… Yxil —murmuró—. Tenía que ser él.

Savedusk inclinó apenas la cabeza, como si aceptara una verdad largamente esperada.

—Entonces ya no es un error —dijo con voz tranquila—.
—Es una decisión.

Dio medio paso al frente, colocándose delante de Granvié.

No adoptó postura de combate.
No levantó la mano.

Simplemente existió.

—Soldados —continuó—, os doy una oportunidad de marcharos con vida.
—La segunda… no existe.

Ningún soldado se detuvo, empezó la primera batalla de la casa Marriot contra el reinado.

La lucha se extendió como una herida abierta por las calles nobles de Grave City.
Oleadas de soldados.
Retiradas.
Avances breves.
Tejados rotos, faroles apagados, sangre mezclada con lluvia artificial.

Savedusk no cayó.
Sheanvié no retrocedió.

Pero por primera vez…
no avanzaban.

Granvié se movía como una sombra entre ellos, protegido, herido, exhausto.
Cada intento de captura terminaba con cuerpos en el suelo.
Cada carga era repelida.

Y aun así, la ciudad no dejaba de enviar hombres.

Hasta que todo se detuvo.

Los soldados se apartaron.
Las armas bajaron.

El aire cambió.

Desde la avenida principal, rodeado de estandartes y luz artificial,
llegó Rey More.

No corriendo.
No gritando.

Caminando.

Su voz no fue un rugido.
Fue peor: un decreto.

—Basta —dijo.

La ciudad obedeció.

More miró a Sheanvié.
Luego a Savedusk.
Y finalmente… al niño cubierto de sangre.

—Granvié Marriot —anunció—, entrégate.

Sheanvié dio un paso al frente.

—No.

La sonrisa de More no tembló.

—Entonces, por orden real,
la Casa Marriot será erradicada.
—Todos sus miembros.
—Todos sus aliados.
—Todos los que os hayan dado refugio, agua o silencio.

Hizo un gesto leve con la mano.

—Al amanecer.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Savedusk cerró los ojos.

No por miedo.
Por cálculo.

Por primera vez desde que caminaba este mundo,
no había una salida que no fuera una masacre.

Sheanvié apretó los dientes hasta sangrar.

—Esto… no es una victoria —escupió.
—No —respondió More—. Es gobierno.

Granvié dio un paso adelante.

—Papá…

Sheanvié se giró de golpe.

—No.

Pero el niño ya lo había entendido.

Savedusk abrió los ojos.
Miró a Sheanvié.

No hubo palabras.

No hicieron falta.

Por primera vez,
el Rey eterno
y el espadachín Marriot
habían perdido.

No en combate.
No en honor.

Habían perdido contra el poder absoluto.

Y esa derrota
marcaría el inicio
de algo mucho más terrible
que la muerte.

La noche terminó ahí.

Y con ella,
la inocencia de todos.
 

 

 






 


 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 








 

 

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